Subo uno, dos, tres… mañana lunes, lentejas.
Subo
siete, ocho, nueve… la ropa tengo tendida.
Subo
trece, catorce, quince… el botón ya lo he cosido.
Subo
diecinueve, veinte, veintiuno…
Subo
veinticinco, veintiséis, veintisiete… ¡que calle más larga es esta!
Subo treinta... ¡ los escalones subidos !
Ya no hay más, ahora solo subir. Subir hasta llegar arriba y descansar.
Beber agua… y mirar, sobre todo mirar, y observar, y escuchar y respirar, preguntar, aplaudir, y gozar… y si puedo, también rezar.
Ya no hay más, ahora solo subir. Subir hasta llegar arriba y descansar.
Beber agua… y mirar, sobre todo mirar, y observar, y escuchar y respirar, preguntar, aplaudir, y gozar… y si puedo, también rezar.
Guitarras y voces rotas rompen y acompañan la
blancura de la plaza. Una niña baila en un rincón y su madre la jaléa con
palmas y oles. No huele a azahar, aquí no hay naranjos. Huele a jazmines, dama de noche
y al verde oscuro de los cipreses. El suelo tiene dibujos de guirnaldas y de flores que
con piedras de colores hicieron los artesanos. Aquí no hay silencio; la gente
calla cuando las campanas de la iglesia se encargan de romperlo. Y siempre hay
luz. Esa que rasga el cielo con el perfil de la sierra. Una luz entre rosa y
roja que me deja sin aliento.
¡Y
ya está!, ya se ha acabado... discreta, con los ojos anegados de colores y el
alma de blancos llena, bajo.
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| fuente:www.blogueras.net |
Bajo
siete, ocho, nueve… ya la ciudad está más cerca, el ruido sube la
calle.
Bajo
trece, catorce, quince… en las casas de este barrio, en el jardín, ya se cena.
Bajo
diecinueve, veinte, veintiuno… se va rompiendo el encanto.
Bajo
ventiseis, veintisiete, ventiocho… Bajo a este río de gatos e higueras viejas.


