Quiero llevar el pelo suelto, al viento. Sin sujeción
ni ataderos. Quiero tener nudos y enredos, que no me pueda peinar y que el aire
se eleve entre mis cabellos... que juegue y que lo enmarañe que le sirva de
escondite, de guarida. Vestido de blanco, teñido, con caracoles o liso, quiero
que mi pelo sea una estampa de como yo siento y me siento. Que dibuje con
estilo mis anhelos, mis deseos.
Vivir es llevar el pelo revuelto, enrevesado,
diferente y complicado. No dibujar largas rayas que terminan en una nuca
despejada y rectilínea. Ni trenzas complejas que limpien la cara, ni coletas de
caballo, ni lazos ni gomas prietas. Quiero mover mis cabellos en toda su
longitud, que me acaricien la cara y en verano cubran el tostado de mi espalda... pues lo
bueno en esta vida siempre pasa despeinado. Así, cuando saltas y ríes a carcajadas
nunca terminas peinado. Cuando corres, cuando juegas, cuando sueñas largos
sueños siempre está el pelo enredado. Y si el viento te hace libre en la orilla
de la playa, en ese monte tan alto, el pelo está alborotado, libre y suelto.
Cuando hacemos el amor, cuando gozamos, ni tú ni yo, amanecemos peinados. Por
eso no quiero horquillas, ni telas, ni tan siquiera pañuelos... solo quiero que
mi pelo vuele al viento, al templado aire del sur, o si quieres al del Cierzo.
Algarve, sur de Portugal
No lo ates, no me ates, no me recojas las
crines, pues lo bueno de la vida me sucede con el pelo suelto, despeinado, enredado
entre mis dedos y en casi todas mis risas.