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Donde yo vivía, el verano eran baños de agua fresca con la manguera y el pelo mojado pegado a la cara, con risas y gritos pues el agua estaba fría y el aire temblaba caliente.
Los veranos, donde yo vivía, eran lentos y nocturnos. Con abuelas y madres charlando al fresco y bostezos profundos de niños cansados. Con mosquitos diminutos que, sin querer, caían entre las mandíbulas de la salamanquesa que, presumida, se acercaba a la única luz que alumbraba la placeta.
Donde yo vivía, el verano eran cacaos fresquitos después de la ducha y vestidos de algodón con sandalias blancas.

Nos vemos y nos leemos pronto.

