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domingo, 12 de mayo de 2013

RECUERDOS PARA EL DOMINGO: DONDE YO VIVÍA...

fuente:www.flickr.com
Cuando llegaba el verano, donde yo vivía, las tardes eran largas y amarillas. No teníamos mar ni tampoco piscina. Solo teníamos un aprendiz de río que cuando llegaba el calor se secaba. También teníamos albercas: fosas cuadradas y hondas de cemento rematadas. Su fondo era infinito pues nunca se veía, y las paredes eran resbaladizas ya que el verdín se adhería a ellas con ahínco para que nunca pudieras salir de las aguas que lo provocaban. Y si te sentabas en su filo corrías el riesgo de que alguna avispa sedienta te picara. Entonces, tras el alarido, te acercabas al primer charco que encontrabas a su alrededor a ponerte barro fresco en la picadura y así se pasaba el dolor.
Donde yo vivía, el verano eran baños de agua fresca con la manguera y el pelo mojado pegado a la cara, con risas y gritos pues el agua estaba fría y el aire temblaba caliente.
Los veranos, donde yo vivía, eran lentos y nocturnos. Con abuelas y madres charlando al fresco y bostezos profundos de niños cansados. Con mosquitos diminutos que, sin querer, caían entre las mandíbulas de la salamanquesa que, presumida, se acercaba a la única luz que alumbraba la placeta.
Donde yo vivía, el verano eran cacaos fresquitos después de la ducha y vestidos de algodón con sandalias blancas.
Un día de un verano de esos en los que yo gozaba y vivía mi niñez, Olesmadre me llamó para que la ayudara. Hermanomío lloraba sin consuelo, y ella sabía que cuando yo lo paseaba, por la orillas de la carretera en su carro de bebe, se calmaba. La carretera no era un lugar peligroso, pues en aquella época circulaban pocos coches donde yo vivía. Puse a Hermanomío en su carro, lo até a su sillita y me dispuse a dar ese paseo tan anhelado por él y tan entretenido para mi. Atrás se quedaron el Hostal Mirasol, el cine de verano y la gasolinera. Atravesamos el puente y miramos el río; ese río chico y seco que intentaba aprender a ser grande. Y subimos la cuesta que nos concucía al cruce. De allí no podíamos pasar. A partir de allí todo era prohíbido. Cuando llegamos arriba, Hermanomío reía y manoteaba, pues a pesar de su corta edad, sabía lo que iba a pasar a continuación: yo situaba el carro en la cumbre de la cuesta, soltaba los frenos y dejaba que el pequeño vehículo se deslizara pendiente abajo... a su lado yo corría; junto al carro yo corría y gritaba y lo jaleaba para que él también lo hiciera; y lo hacía, ¡claro que lo hacía!. Su pelo rubio lo revoloteaba el viento y sus grandes ojos verdes los entrecerraba el aire... y reía. Al final de la bajada había un remanso de tierra llana que hacía que el carro se parara; y allí, dichosos los dos aplaudíamos sin descanso. Luego volvíamos a casa, él tranquilo y yo feliz.
Donde yo vivía los veranos eran lentos y dorados... Y estaban llenos de juegos y risas con hermanos... y travesuras inconscientes al atardecer.

Nos vemos y nos leemos pronto.





martes, 30 de abril de 2013

EL PLACER DE LA CONVERSACIÓN

Corría por la calle, sin edad para hacerlo pero corría. Si no se daba prisa no llegaría a tiempo a la parada del autobús, y éste ya había asomado su cara roja en lo alto de la calle; por eso corría, no quería llegar tarde a su cita. Era una cita con poca importancia, bueno, con toda la que se le quiera dar a una cita con su peluquera. Llegó a tiempo y el vehículo arrancó rumbo al centro. Apenas había recorrido unos metros, cuando una chica llamó a sus puertas abatibles, aprovechando que el autobús aún no había salido de la parada. Con la chica un carrito de bebe, con su bebe a bordo, claro. Era una mujer joven, morena, pelo largo, sonrisa perfecta y ojos oscuros como su pelo. Era, una chica guapa. Su bebe una niña de mas o menos un año, con rizos que le caían en la frente y una futura sonrisa de anuncios de potitos. La mamá, la morena, pago su billete y se dirigió a la zona reservada para los carritos de bebe. Sacó su móvil y se dispuso a escribir en él. En la siguiente parada un par de chicos jóvenes subieron al autobús. Uno de ellos, con los pantalones demasiado caídos para realizar la maniobra de subir al vehículo, maldijo al inventor del escalón. La gente se rió de la machada y el conductor arrancó sin hacerle mucho caso. Se sentaron frente a la Señoraquecorría, sacaron sus móviles y se dispusieron a escribir. La siguiente parada estaba muy concurrida, montaron al autobús: jóvenes de instituto, jubilados con progresivas, amas de casa con canas, un cura y dos chicasmonas con uñasmonas. De todos los mencionados anteriormente, mas del treinta por ciento sacaron sus móviles y se pusieron a escribir. En la siguiente parada nadie subió al autobús, y aunque el conductor abrió, amablemente las puertas para que la gente bajase, nadie bajó. Pero de pronto, Morena comenzó a gritar: ¡ábrame!, ¡ábrame!, que me bajo aquí... el conductor resignado paró de nuevo; ella se disculpó, y dijo: ¡perdón no me había dado cuenta, estaba con el guasaa!.
La siguiente parada ya estaba muy cercana al centro. En ella se subieron otras dos chicasmonas y un viudo. Esto se sabía por el fajín negro que llevaba en la manga de su chaqueta. De las tres personas que subieron al vehículo, cuándo este arrancó, dos sacaron sus móviles y se dispusieron a escribir. El autobús ya estaba lleno, pero paradógicamente en silencio. Solo se oían suaves tíntineos que realizaban los móviles de vez en cuando. Los dueños de esos móviles dibujaban sonrisas sin pudor y a veces reían, también, sin pudor. 
La Señoraquecorría miraba al infinito sin ver lo que tenía delante, solo estaba pendiente de los movimientos que realizaban los que manipulaban sus móviles. Miraba, con asombro, la velocidad con la que se pueden mover los pulgares a la hora de escribir en en móvil. Y el autobús en silencio. Un semáforo, dos semáforos... y la parada final, la parada del centro. La Señoraquecorría bajó veloz del autobús, quería comprobar que la gente de la calle seguía hablando, que seguía comunicándose con palabras... La peluquería estaba cerca, muy cerca. Cuándo cruzó el umbral y escuchó a su peluquera, a su Espeamiga decir: "Buenos días primor, que guapa vienes hoy", se lleno su alma de alegría; todavía existían personas que hablaban, te saludaban y te acompañaban con las palabras.

Nos vemos y nos leemos pronto.
 

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